Todo lo que tiene tos de invierno. El enemigo

Fuera no se oye nada. Nadie dice nada. ¿Y los ruidos del batallón que viene a matarme? Un silencio inquietante. Como cuando suceden cosas que no se escuchan. Como cuando nieva, como cuando se ve y no se oye nada. Justo antes de morir o enloquecer. Infinitos copos se van posando sobre una inmensidad blanca y sorda. ¿Cuándo se callará?

Si le vas a poner una zanahoria en la nariz yo no juego. ¿Y qué le ponemos? ¡Sin nariz, mejor sin nariz! ¿Y qué hacemos con la zanahoria? Pues nos la comemos, tengo hambruna. Unos pasos sin gritos ni órdenes pisan los recuerdos de Matías y ya no nieva. Unos pasos de dos pies solo.

El miedo resuena en la caverna. ¿Y si muero? ¿Y si no nieva nunca más? El cielo del enemigo alumbra los pasos, que calzan botas del enemigo y visten pantalones del enemigo y uniforme del enemigo. Matías dispara y los segundos se ponen delante; detrás, la imposibilidad de contar el tiempo, un cuerpo tendido y,  junto a  las suelas del enemigo, un libro. Si no fuera por el quejido del vientre herido se diría que no se oye nada. Nadie dice nada.

Las botas tiemblan sobre astillas de madera bombardeada. El enemigo usa un cuarenta y dos. Mañana o cualquier día volverá a nevar aunque hoy haya disparado a otro hombre. Matías se levanta y le mira a los ojos, que siguen abiertos para que no los recuerde cerrados. Las manos, una encima de la otra, tapan el boquete, que borbotea sangre. Faltan manos. ¿Si tuviera tres, se defendería? Ojalá tuviera diez y cuatro piernas. Ojalá no tuviera ojos; pero es un hombre.

Matías se arrodilla y presiona sobre el amasijo rojo. Siente el calor espeso y la culpa, tan cercana fuera de la trinchera.

–Lo siento –dice Matías.
–Te estaba buscando. He venido a darte tu libro –susurra el enemigo, señalando el manuscrito con la mirada–. Luego me iré.

Matías aprieta la herida sobre las manos del enemigo y se acerca más a la voz.

– ¿Cómo dices? –pregunta Matías.
–Coge el libro. Es tuyo.
– Está bien, pero no hables, enseguida vendrá alguien a ayudarte. ¿Y tus compañeros?
–He venido solo.
–Seguro que ya te están buscando. Yo debo marcharme. Somos enemigos.
–Sí, Matías, lo somos. Lo he escrito yo, es mío, pero es tuyo.
– ¿Matías? –duda Matías.
–El libro –muere el enemigo.

Otro hombre ha muerto.  A su lado, un libro maltrecho que cose tres dedos de páginas abandonadas. ¿Matías? Un papel sobresale entre las hojas manuscritas:

“Matías, tú estás aquí y ahora. Todo es mentira. Todo está escrito ya”

En el aquí y ahora, unas letras negras, redondas, ligeramente curvadas hacia la derecha caligrafían que Matías se sienta sobre la cama y lee el libro del enemigo. Se ha reanudado el bombardeo y el cuerpo sin vida que yace en la casa demolida tiene los ojos abiertos y una sonrisa en los labios. Las manos muertas reposan en paz sobre el vientre. Una de ellas anotó en la tapa: “La vida de Matías Soler Castillo la escribí yo”. Las huellas de Matías la manchan con sangre del enemigo.

Continuará

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Todo lo que tiene tos de invierno. Estupidez humana

Cota setecientos uno. Un grupo de estudiantes, con un fusil y polvo de tiza en las manos, ha caminado toda la noche en silencio contando sus pasos para distraer la cuenta atrás a las órdenes de un capitán afónico. ¡Adelante! Las estrellas se funden una a una y les sorprende el cielo encendido y el enemigo. Cota setecientos uno. Alambres de espino.

Amanece y todos yacen en el suelo; vivos y muertos. El campo de batalla es desolación y estupidez humana. No soporta la angustia de la espera, el temor a la siguiente orden absurda. Odio obedecer. Se obedece, se levanta y camina. Matías pisa cuerpos invisibles protegido por la niebla y ahuyenta a los cuervos, que se apartan a su paso. El fusil cargado, en guardia, es más ligero solo porque lo piensa. El fusil es más ligero. Remonta la colina huyendo del festín y los graznidos y se dirige hacia los ojos del enemigo.

En la cima la tierra abrasada es un desierto de ceniza. Las bombas han detenido el reloj de arena gris. Una casa medio en ruinas todavía humea y una encina centenaria, el único árbol que queda en pie, arde quebrada. El botijo está intacto en el suelo y el cadáver destrozado. El botijo: la mano del hombre del hombre que no tiene manos. El hombre ya no es hombre, está loco y está muerto. La vida es desolación y estupidez humana: una puta broma, un puto botijo de arcilla lleno de agua fresca en medio de nada; un espejismo. Matías bebe y se lo vacía en la cara, se le resbala y se hace añicos. Su mano de hombre torpe le delata. ¡Mierda! Matías mira a todos lados y corre asustado en dirección a la casa. Disparos e impactos de bala en el polvo que ha pisado. Fuera de la trinchera, a campo abierto, las balas tienen nombre y el miedo es atroz.  Corre en zigzag, sin detenerse, sin mirar atrás. Querría ver cómo es la muerte, darle la cara, no morir de espaldas sin saber.

Quiere salvarse y corre como si le fuera la vida. Después de cada disparo espera un dolor horrible y desconocido, sigue corriendo, jadeos en zigzag, otro disparo, el aire de plomo ahoga, ¡quiero vivir! La casa está abierta, pero la puerta cerrada; Matías la golpea con todo el cuerpo,  cae sin dejar el fusil, se levanta, cierra y corre el pestillo. El suelo está lleno de cristales, paredes y techo. Hay un puchero en la chimenea, un camastro, una mesa patas arriba, sillas rotas. La guerra se ha llevado el resto. La casa es un butrón y todo lo ilumina el cielo del enemigo. Se esconde debajo de la cama y siente el hombro astillado. Se aferra al fusil y piensa: cuando muera, la respiración que retumba en la caverna, alentada por el horror y el cansancio, por fin callará.

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Todo lo que tiene tos de invierno. El profesor

Por aquel entonces Quico era un muchacho que se curtía ayudando a su padre Paco en el bar mientras el abuelo estorbaba y daba órdenes en voz baja. Matías comía allí cada día, pagaba el menú y después volvía al almacén a cargar cajas. Sin hacer ruido. Abuelo, padre e hijo se fijaron en el libro. Todo el mundo se fijó: tres dedos de grosor y forrado con un viejo papel de periódico. Un libro en un bar de las afueras es como un perro verde: puede morder. Para calmar los ánimos y normalizar la excepción, le llamaron profesor.

Una mañana antigua, gris como las otras, Matías apareció por el local demasiado pronto, se sentó en la mesa del rincón más escondido y pidió un vaso de whisky. Al mediodía le ofrecieron comida, pero dijo que no tenía hambre. Paco lo avisó cuando iba a echar la persiana. Había estado ojeando el libro y dando sorbos al vaso. De vez en cuando lo olía, saboreándolo. Paco se había fijado; era su trabajo. Matías pagó el whisky y se despidió.

–Hasta mañana, Paco.
–Has venido muy pronto hoy. ¿Un mal día?
–Me han despedido los del almacén.
–Lo siento.
–Tal vez. Nos vemos mañana –Matías ya se daba la vuelta.
–Tal vez. Esos callos en las manos no tienen los mismos años que tú, ¿verdad, profesor? Me he fijado en ti. Te gusta leer, buena educación, las palabras justas. Un bicho raro.  Poca espalda para los bultos que se menean en el almacén del cabrón del Rodri. Y además no eres de por aquí. ¿Recién llegado?
–Muy perspicaz.
–Pero mucho. Y sé contar, también. Un whisky en todo el día, profesor.
–No solo de pan vive el hombre.
–Ya. El Paco vive de lo que se saca en el bar.
–Pido lo que puedo pagar.
–Ya. ¿Y de qué vivías tú antes de venirte a este agujero?
–Tal vez fui profesor.
–¡Lo sabía! Se lo dije a mi Quico: El profesor es profesor.
–Fui profesor. También enseñaba a conjugar.
–Ya, conjugar. Te propongo un trato. Tú enseñas a mi chaval y puedes comer aquí cada día. El Quico es muy listo, pero en la escuela se aburría y me lo traje aquí. Pero quiero que aprenda a –Paco dudó, buscó y encontró el nuevo verbo– ¿conjugar? Que le coja el gusto a saber cosas. Las calles del barrio son muy malas.
–El menú, pan, vino y cambio el postre por café –negoció Matías.
–¿Y no lo veré más contar con los dedos?
–Un muchacho lento, pero seguro. Es un buen principio.
–Yo lo que quiero es que acabe bien –dijo Paco.
–Sin dedos. Y si añades el whisky te ayudo con las cuentas del bar.
–¿Cuánto whisky? Hoy te he visto beber los vapores.
–También hablaremos de la sinestesia. Y de poesía, filosofía, literatura. Necesitaremos whisky.
–¿Cuánto whisky? –insistió Paco.
–Las clases en el bar. Nos vemos mañana, Paco.

La figura encogida de Matías atravesó la puerta y tras ella chirrió la queja de la persiana cerrando el trato. Una bocanada de noche le golpeó. ¿Dónde vas a dormir hoy? Tumbado en el cemento de la calle, Matías miró el techo. No estaba. ¿Cómo pueden ser dos cielos tan iguales? Es el mismo cielo del enemigo.

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Todo lo que tiene tos de invierno. Jarabe

Con el aire fresco de la mañana todo está por hacer, e incluso ante la seguridad de que todo va a ser exactamente igual, previsible, es necesario construir la copia. Matías baja las escaleras que llevan al callejón con paciencia de anciano artrítico. A esa hora, setenta años, dos meses y cincuenta peldaños después de haberse levantado, todavía duerme algún mendigo entre cartones de vino. Matías suele acercarse para saber si están vivos. Hiede pero ronca. Mala suerte. Salir del callejón es como emerger de aguas cremosas tras haber estado bajo ellas todo la noche. Salir del callejón es dejar de morir un poco para empezar otra vez la misma vida pegajosa. Y Matías la empieza cada mañana en el bar de siempre.

El nombre de un bar es toda una declaración de intenciones.  Debe indicar con exactitud qué vas a encontrar cuando entres y, sobretodo, a quién te vas a encontrar. Y a quién no. Los bares con letras pretenciosas telegrafiándolo están llenos de clientes,  tapas,  cócteles y precios que necesitan aclaraciones en cursiva. Los otros no son un negocio, son refugios. En su interior se da asilo, comida y bebida. Lo había encontrado hacía cuarenta años en las afueras de una ciudad de la que no querría regresar y se había convertido en un refugiado habitual.

Quién? Quién es el dormido?
Si me callo, respira?
Alguien está presente
que duerme en las afueras.

Tres generaciones de Pacos han regentado el local, y tres generaciones de mugre cubren el suelo de la antigua bodega, que aún conserva las botas de roble y el vino que beben las gentes del barrio cuando tienen sed. Con la anochecida, solo se ilumina la erre parpadeante del rétulo que lo anuncia: Bar Paco.

–Buenos días, profesor. Hace un frío del carajo esta mañana.
–Mucho frío, sí. Hoy había uno nuevo en el callejón; tieso, pero todavía respiraba. Anda, llama a los sociales a ver si lo recogen y le dan algo caliente.
–Yo llamo, pero ya sabe usted que poco van a hacer.
–Al menos le dejarán una manta y un caldito.
–Y en cuanto se vayan se los cambiará a otro desgraciado por un poco de vino.
–El trueque, Quico, deberíamos volver al trueque. Fíjate en nosotros.
–Usted porque es usted, profesor. Lo pone bien clarito en el letrero: “No me fío. Aquí no se fía”. La última vez, me endosaron una radio sin entrañas por la deuda. La última vez, digo bien. ¿Le pongo lo de siempre?
–Hoy, no, Quico. Hoy ponme lo de ayer, que lo de siempre ya me aburre.
–Pero si ayer le puse lo mismo de… ¡me cago en todo lo que se menea, profesor!
–No te enfades, hombre. ¡Marchando un café aliñado de la casa!
–Se ha levantado graciosillo, el profesor.
– ¡Rotundamente falso! El arrebato de buen humor se me ha contagiado por el camino. Acaso la luz del sol de invierno tenga la culpa. Con tu permiso, voy a sentarme. ¿Esa silla libre, no es la de ayer?
  Esa es la silla de siempre. Su silla de siempre. ¡Y huele usted a ahumado! Dicen los vecinos que lo está quemando todo en la dichosa estufa de leña.
– Singularidad, Quico, singularidad. ¿Y qué más dicen los vecinos?
–Que saben a la hora que llega por la tos. Debería cuidarse más. ¿Ya ha ido al médico?
–La última vez me recetó un jarabe pringoso y me dijo que debería cuidarme más. Me gustas más tú. Y tus jarabes, claro.
–Ahora le llevo el carajillo.
–Y la copa, Quico. Los preámbulos solo son excusas necesarias. La copa, una promesa.
– ¿No puede hablar como las personas normales? ¿No me decía usted que hay un tiempo para la academia y otro para que a uno le entiendan? Y no me he levantado de mala leche, la he ido recogiendo por el camino.

Cuarenta años en las afueras. Ahora hay zonas verdes y alegría muerta en el suelo cuando llega otoño, reciclaje tricolor, una biblioteca, alcantarillas, luz. Antes el cielo era gris cemento. Plaza dura. Plazas y calles duras repletas de bolsas negras de basura, miseria, huidas.

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¿De dónde venimos?

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Todo lo que tiene tos de invierno. Al pie de la letra

La bombilla apenas ilumina unos dedos con manchas de viejo y las venas infladas que sujetan una llave oxidada. Intenta sostener el temblor con la otra mano y tras el repiqueteo metálico acostumbrado consigue entrar en casa. Col hervida. De los clavos de las paredes solo cuelgan grietas, manchas de hollín y humedad. Una tarde más, todo está en su sitio y el viento silba frío. Más allá de la ventana, sus puntos cardinales: delante, la pared de ladrillos contados; arriba, el tejado y la ropa tendida; abajo, el callejón y sus miserias; a la izquierda, el muro que no deja escapatoria; a la derecha, la entrada sin salida. Y más acá, todo lo que tiene tos de invierno.

La única ventana rompe la uniformidad de las paredes saqueadas. La abre para que entre el aire gélido en sus huesos. Le gusta pasar un rato de frío a cambio del placer supremo que siente cuando deja de tenerlo. Los años han percudido el cuerpo, sin embargo, la mente todavía funciona. Una mente que, preocupada en exceso por resolver los grandes problemas, ha olvidado con desidia arreglar el grifo del fregadero donde limpia platos, ropa y los pocos dientes que defienden su boca mellada. El gota a gota cuenta los segundos.

Tal vez la felicidad consista en resolver las pequeñas cosas, las dificultades menores, porque las grandes, las que incluso son difíciles de enunciar, no se pueden resolver en una vida. Y su gran cosa es la soledad. Tienes que encontrar una mujer, Matías. Nacemos felizmente ignorantes y, tristemente, morimos sabios. Una sabiduría que confunde lo que ha hecho con lo que ha pensado de tanto pensar y hacer tan poco. Memoria y deseo. La mente, entrenada, imagina conversaciones en las que explica que imagina conversaciones.
– ¿Sabes, Quico?, últimamente imagino conversaciones.
–Tiene que encontrar una mujer, Matías.
–Estoy viejo para frivolidades.
–Exacto. Se está haciendo viejo. ¿Qué quiere, morir solo?
–”En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte”.
–Ya estamos. ¡Joder, Matías!
–Cosas de poetas.
–Usted y sus poetas. Le estoy hablando en serio.
–Los poetas, también. Suelen hacerlo.

El cuerpo se asoma a la ventana y duele. La  farola está fundida y deja a oscuras el callejón sin nombre, sin número y sin salida en el que vive. Sin embargo, la mente todavía funciona. Hoy no llueve. La lluvia en la ciudad nos hace más iguales. Todos nos mojamos, corremos temerosos a resguardarnos y vaciamos las calles mientras el agua salpica lo que estábamos haciendo. Todos nos escondemos bajo los paraguas para mostrar nuestra identidad. Mi coche, mi casa, mi paraguas. Pero desde aquí arriba todos somos iguales. Gente asustada que se esconde de la lluvia.

Se frota las manos agrietadas mientras airea el cuartucho, astilla el último cajón y lo prende en la estufa de leña. Arrima la silla al baile hipnótico del fuego: aguas verdes, azuladas, amarillas. Otro sinsentido. Una cucaracha atraviesa la estancia, como si quisiera tomar medidas; tal vez ha perdido la poca alegría prestada, pero su casa parece más grande sin los muebles y con las paredes desnudas. Ha salvado de la quema el libro, la silla en la que está sentado y la mesa. Ante todo dignidad: no está dispuesto a presenciar de pie como el vino de mesa, con el que acompaña la verdura escaldada y los pensamientos, pierde su nombre.

Hoy no me apetece que Remedios llame a la puerta como cada noche, y como cada noche me diga: “¿Cómo se encuentra, don Matías?”.
– ¿Cómo se encuentra, don Matías?
–Ahí vamos, hija.
–Le traigo una poquita de leña, unas cajas que me ha dado la frutera. Hay que ver cómo ha dejado usted la casa. ¿También ha quemado el reloj de cucú? Con lo bonito que era. Y siempre a su hora.
–A mi edad, Remedios, lo mejor que se puede hacer con el tiempo es quemarlo. Se parece demasiado al pasado.
– ¡Por más bonito que hable es usted un cabezón! ¡Cada tarde con la ventana abierta y la escandalera de esa tos tan mala! Se lo digo a mi Pedro: “Ya ha vuelto el Matías. Cualquier día nos da un disgusto”.
–Anda, arrímate a la estufa que hace mucho frío. Siéntate que ya cierro la ventana.
Se irá. Siempre se marcha. Los chiquillos, su Pedro.
–Huy no, que me esperan los chiquillos para la cena. Y mi Pedro; ya sabe usted como es. Todo a su hora.
–Como el cucú.
–Qué cosas tiene, don Matías.
Cada vez menos, bonita, cada vez menos.

Se cierra la puerta, se calla la voz, y Matías se asoma al precipicio: la angustia abismal de la soledad que alguien ha escrito antes. La obediencia al pie de la letra.

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¿De dónde venimos?

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